domingo, 15 de agosto de 2010

EL CONDUCTOR EMPEDERNIDO

Cuando amaneció, los pasos en la casa retumbaron, el entablado del piso y su crujir resonaban por todo el pasadizo, una extraña forma avizoré a la distancia, se trataba de mi abuelo, quien con un ánimo sin precedente bajo al patio del primer piso, en donde yacía estacionada su vieja camioneta y con la llave en el encendido empezó a calentar el motor de su vehículo, acto seguido salió mi madre de la cocina con dos vasos de jugo de papaya, como de costumbre era el aperitivo perfecto y natural antes del desayuno, ella se dirigía a la habitación de mi abuela, mostró rostro de sorpresa al percatarse del tremendo ruido que producía el repercutir del motor, mientras que el humo que emanaba del tubo de escape del coche se iba difuminando por los ambientes del segundo piso. Una tosecilla a manera de sufrir una intoxicación aerífera, repercutió en el baño, era mi padre quien se estaba afeitando. Todos sabíamos lo que estaba a punto de ocurrir, pero nadie quería evitarlo. Nadie quería enfrentarse a la "boquita de caramelo" que tenía mi abuelo. De pronto el de canas blancas puso las tranqueras en la puerta de calle para que de esta forma se facilitara la salida del vehículo. Mi abuela empezó a gritar mientras portaba el vaso de jugo de papaya en su mano izquierda: ¡Chiflado!, como se te ocurre manejar a tu edad, ¡esto es una locura!.

Mi abuelo haciéndose el sordo fingió no escucharla, a pesar de que eso hubiera sido imposible, ya que la fuerza y potencia de los gritos de mi abuela eran todo poderosos, e inevitablemente escucharles a por lo menos dos cuadras de distancia. Fue de esta forma que quedamos todos absolutamente abortos cuando mi abuelo de noventa y cuatro años de edad se sentó en el timón de su camioneta y salió disparado por el ancho callejón de salida hacia la calle, cuando de pronto escuchamos un ruido a metal retorcido estrellarse contra la pared de piedra a la salida del callejón, efectivamente había chocado el lateral de la camioneta con la pared. Infinidad de groserías le vinieron a la mente a mi abuelo, y no sólo a ella, si no también a su lengua que en una sola, pareciera haber dicho una docena de groserías al mismo tiempo.

Salió completamente furioso del interior de su camioneta y al percatarse del choque sufrido, lejos de desfallecer en el intento, mientras ya para entonces mi padre y yo íbamos bajando las gradas, repentinamente escuchamos el encendido nuevo del vehículo, y en retro avanzó un poquito y segundos después avanzó como alma que lleva el diablo, pero esta vez se escuchó el mismo ruido del primer choque, pero esta vez estrellándose contra la pared contraria. Cuando llegamos, los dos lados de la nariz de la camioneta estaba terriblemente deteriorados, mi abuelo furioso, prácticamente con la mirada nos dijo que no intentáramos detenerlo. MI padre intentó convencerlo para desistirse de sus pretensiones, pero nada pudo hacer contra su carácter y su benevolencia que lleno de improperios el ambiente reflexivo, el motor repentinamente otra vez fue prendido. Mi abuela seguía con sus insultos a la distancia, mi madre solo atinaba a quedarse callada mientras su corazón empezó a latir mucho más fuerte. Mi abuelo, esta vez saldría si o si, el motor empezó a rugir, mi padre y yo nos quedamos perplejos por no decir otra cosa mientras esta vez las llantas delanteras de la camioneta iban subiendo las tranqueras a una velocidad impresionante, el rugir del motor era avasallador, en esos instantes una voz en la entrada resquebrajó aquel ambiente de motociclista rebelde, que encarnaba mi abuelo: ¡Juan has visto a mis padres!, se trataba del señor Carazas, su mejor amigo, o podía ser inmediatamente apenas pude ver como la camioneta cual títere viejo, lo levantó en peso. Su sombrero y bastón volaron bien lejos. Mi abuelo frenó para su desconsuelo, mi padre y yo corrimos en su auxilio, mi abuelo no entendía a quien había arrasado como trapo viejo, ¡Carajo!, quien es ese mendigo zaparrastroso, cual borracho se interpone en mi camino para no dejarme salir, gritaba m abuelo mientras íbamos tomando un taxi para llevar a Carazas al hospital más cercano, mi abuelo felizmente no logró reconocer a quien había arroyado, ¡Muy bien niñuchas¡ saquen a ese esperpento de mi presencia, que quiero encender con el fuego de mis llantas las calles y el pavimento", mi abuelo retornó al interior de su vehículo, esta vez, logró salir, mientras su amigo Carazas iba siendo subido por nuestras personas al interior de un taxi blanquecino. Los gritos de desesperación de mi abuela que provenían desde adentro y generaban más de un sobresalto afuera, en algún transeúnte infortunado que iba pasando por nuestro lado, no tuvo parangón en el escalofriante rostro que puso mi madre al percatarse de la presencia del amigo de mi abuelo al interior de un vehículo echado horizontalmente, desmayado, tal como si fuese un cadáver, mientras mi padre sujetaba en las manos su sombrero y su bastón, yo por mi parte agitaba su periódico, a manera de ventilar su rostro con la esperanza de proporcionarle más oxigeno. Cuando de pronto un ruido escandaloso se escuchó a media cuadra, era mi abuelo, había estrelladlo su camioneta esta vez contra el poste de alumbrado púbico. Pasamos por su lado en el taxi, inmediatamente nos detuvimos, mi abuelo logró reconocernos, e inmediatamente subió abandonando su vehículo, ¡Llévenme, no quiero que la policía me detenga¡ nos dijo en tono suplicante. Cuando giré mi cabeza en dirección a la cada mi madre estaba hecha un lio de nervios, mientras nos gritaba a la distancia palabras que llegaron solo como un susurro. El taxista no sabía que estaba sucediendo, pero el continuó con nuestras ordenes de llevar al amigo de mi abuelo al hospital más cercano, fue cuando mi abuelo se percató de la presencia estirada como un muerto de su amigo en la parte posterior del vehículo. ¿CARAZAS?,...¿ERES TÚ?, un silencio se presentó mientras, un patrullero hacía sonar sus sirenas, en la parte posterior. ¡Carajo!, dijo el taxista, me lleva el diablo, vaya día. Nos detuvimos dos cuadras más abajo, cuando del patrullero bajaban unos testigos del incidente que segundo antes había protagonizado mi abuelo con el poste de alumbrado público, ¡Mierda!, dijo mi padre, ¡en e lio que nos metimos! agregó. Carazas iba reaccionando y de un momento a otro abrió los ojos, ¡JUAN¡ ¡JUAN!, ¿dónde estamos?, ¿qué ha sucedido?, preguntaba recostado en la perrera del vehículo su amigo.

-¡Chocaste mi camioneta!

-Pero yo, tu camioneta, si recuerdo tu camioneta.

-Si la chocaste

-Pero yo…yo choque tu camioneta.

La policía se acerco al taxi, junto con los testigos, y pudo escuchar esta afirmación.

-¡Aja!, con que usted es el que chocó la camioneta dos cuadras más arriba, dijo el policía en tono serio y hostil.

Mi padre, y yo no teníamos nada que decir. El taxista nos miró con rostro de pocos amigos.

-Bueno, bueno, eso corrobora lo que dicen aquí los testigos respecto a que el responsable fue un señor ya de avanzada edad, agregó el oficial.

-Si oficial, lo que sucede es que aquí mi amigo, como usted pude observar, es un anciano decrepito, y al parecer le dio un paro cardiaco, lo cual motivo que chocara contra el poste la camioneta de mi propiedad., dijo convincentemente mi abuelo. Todos en el interior del taxi quedamos estupefactos al ver su reacción.

Los testigos iban mirando el cuerpo estirado de Carazas, terriblemente dudosos y confundidos, solo atinaron a señalarlo a él como el responsable, corroborando lo anteriormente señalado por mi abuelo, ya que por suerte no existía gran diferencia física, ni en atuendo entre él y mi abuelo.

-Juan ¿dónde están mis padres?, ¡dime!, que hacemos aquí, dijo lenta y preocupadamente Carazas.

El pobre oficial, no entendió absolutamente nada al escuchar aquello.

-¿Es posible que los padres de este anciano aún vivan?, preguntó el uniformado muy extrañado.

-No oficial, parece que el choque, lo ha dejado un poco desvariado, respondió mi abuelo mientras propinaba discretamente sendos pellizcones a las piernas de su amigo.

-¡Ahí!, ¡Ahú!, empezó a quejarse Carazas.

-Bueno, bueno señores, no pierdan más el tiempo, llévenlo al hospital más cercano, ¡rápido!, parece que por los quejidos del caballero un nuevo infarto quiere sobrevenirle de nuevo, nos dijo el oficial, esta vez en tono más preocupante que altanero.

El taxista aceleró y se puso sobre la marcha.

Mientras íbamos en el taxi, nuevamente su amigo empezó a inquirir sobre sus padres.

-Juan explícame ¿qué hacemos aquí?, mejor dicho que hago yo aquí, atrás como si estuviera enfermo.

Mi abuelo no dijo nada solo puso su cara de picaron y nos guiño el ojo.

Todos empezamos a reír a carcajadas.

-¿De qué se están riendo?, preguntó su amigo a mi abuelo.

- De nada, de nada.
Mi abuelo ya no podía manejar su camioneta, pero aún sabía escapar de los problemas con facilidad y eso era francamente, …francamente admirable.



¡TRANQUILO!...ES SOLO MI ABUELO

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