-Si lo vieran, si lo vieran, dice que es igualito a mi, pero igualito a mi, ese niño será un bandidito cuando crezca, si señor, esta igualito a mi. Dijo mi abuelo mientras almorzaba con nosotros. Los ojos de mi abuela se enrojecieron de rabia, su garganta temblaba de furia, los latidos de su corazón empezaron a ascelerarse, pero como dicen es mejor hacerse la zorda, entonces no escuchó nada, pero mi madre y yo si que lo oimos, todo y muy claro. Allí delante nuestro estaba el abuelo, allí delante de nosotros estaba el pecador presumiendo su pecado, a los cuatro vientos, por no decir a los cuatro comensales, muy orgulloso de que su bastardo era igualito a él, olvidando que la mujer, esposa, compañera de vida estaba a su costado escuchandolo todo, escuchando que la mujerzuela de la otra vez ahora tenía la desfachatez, no sólo de ir a su casa o buscarlo en la plaza principal para sacarle unos cuanto centavos al viejo libidinoso y verde de su marido, sino que le habían hecho creer que ahora el pobre vástago se parecía al viejo espantapajaros de su marido.
"No señor ese niño no será un bandidito cuando crezca, sera un bandido de mierda y un pobre cochino cuando envejezca", dijo gritando mi abuela abandonando su plato, dejandonos a todos con la boca abierta.
-¿Qué le pasó a tu madre?, preguntó inmediatamente mi abuelo sorprendido dirijiendose a mi madre.
-Nada, nada, dijo esta mientras renegaba de la impotencia.
-¡Carambas!, que tiempos estos, ahora la mujer se levanta de la mesa cuando le da la gana y abandona al marido, no esta bien eso, la liberación femenina , esa maldita liberación tiene toda la culpa, ¿ahora quien me va a servir mi cafe?